miércoles, 19 de marzo de 2014

Coro, Alberto, Barcelona.

13 de Mayo de 2006. La puerta de acceso a la sala de espera del Hospital de Vall d’Hebron se abre súbitamente. Por ella accede Marcos, un joven barcelonés de 19 años, animoso, valiente y de una enorme vitalidad. Magullado y aún con un collarín en el cuello, busca a sus dos amigos del alma, Iván y Leo, con quienes comparte, además de la pasión por el Espanyol de Barcelona, la terrible experiencia que han vivido esa misma noche, cuando tras un Viernes de fiesta y copas en la vecina Castelldefels, sufren un accidente de coche. En una esquina de la sala, escondiendo sus heridas de miradas ajenas, se encuentra Iván. Juntos se funden en un abrazo e intentan averiguar donde se encuentra Leo, que al parecer ha corrido peor suerte. Sus heridas revisten mas gravedad, por lo que deberá ser intervenido de urgencia en las próximas horas.

Marcos mira su reloj. Las 18:00. Ya mas relajados, tras haber derramado las últimas lágrimas, deciden abstraerse de la situación en una cafetería cercana. Entre sollozos y recuerdos del accidente pasan los minutos. Son las 20:00, y el dueño de la cafetería enciende sus televisores para poner el partido del Espanyol. El Espanyol de Marcos, Iván y Leo, jóvenes socios desde que acudían acompañados de sus respectivos padres al añorado Sarriá. Era el año 1992, cuando el Espanyol cayó a Segunda División y la afluencia a Sarriá descendió ostensiblemente, dejando grada libre suficiente como para que tres niños jugasen juntos cada 15 días. Aquel Espanyol se encontraba en una situación crítica, aunque no tanto como la actual. Las deudas y el futurible estadio de Cornellá-El Prat ahogan a la entidad, y la Copa del Rey conquistada hace exactamente un mes no ha llenado las arcas pericas. La permanencia es algo indispensable para la supervivencia de la centenaria entidad barcelonesa. Y hoy, es el día en que Alavés y Espanyol se juegan el descenso a los infiernos, en dos partidos paralelos.

Poco a poco Marcos e Iván comienzan a girar su cabeza hacia la televisión. Sobre todo desde el momento en que De la Peña, jugador franquicia del equipo, sale retirado en camilla por lesión. El miedo y los nervios se palpan en el ambiente, tanto en Vitoria como en Barcelona. Ambos partidos llegan al descanso con un empate a cero que desciende a los vascos. “Hoy es día 13”, dice Iván con desconfianza. 

Pasan los minutos en Montjuïc y Mendizorroza. El Espanyol empuja con mas corazón que cabeza, y dispara hasta tres balones al palo. De pronto, un grito en el fondo de la cafetería centra la atención. “Gol del Alavés”. Bodipo marca en Vitoria y pone al Espanyol con pie y medio en Segunda División. Quedan 13 minutos. Precisamente 13. Iván se viene abajo y echa a llorar pensando en Leo. “Queda partido, ten confianza” le recrimina Marcos con una leve sonrisa. El sudor en la cara de algunos jugadores del Espanyol se fusiona con las lágrimas que brotan en sus rostros. Desesperados, empiezan a colgar balones a la olla para que Martín Posse, Tamudo, Luis García, Coro o Pandiani logren besar las mallas. Toda la carne el asador.



Se cumple el tiempo reglamentario, y Jarque, el malogrado capitán perico, golpea con fuerza un balón que sobrevuela Montjuïc ante la mirada de Barcelona y Vitoria. En la corona del área, Pandiani salta para peinar un balón al desmarque de Coro, un chaval de 23 años salido de la cantera, que controla con descaro y encara a Alberto. Montjuïc se levanta, como cuando Antonio Rebollo iluminó el cielo de Barcelona con aquella inolvidable flecha en la inauguración de los Juegos. Coro dispara y bate por bajo a Alberto. Gol. 1-0. Vitoria entera se lleva las manos a la cabeza. En ese momento Coro inicia una carrera hacia el fondo norte de Montjuïc al más puro estilo Fermín Cacho. Es la locura. Iván y Marcos olvidan el dolor de sus golpes para saltar de sus sillas y fundirse en un abrazo. “Te lo dije, quedaba partido, había que tener confianza”, dice Marcos con una enorme sonrisa. Coro salta a celebrar el gol con la grada, justo en la zona en donde se vislumbran tres asientos libres. Minutos después, el partido finaliza y toda la afición perica se funde en cánticos hacia su nuevo ídolo. El pequeño gran Corominas.




Las lágrimas en Vitoria les recuerdan su otra realidad. Ya de vuelta al Hospital, la vitalidad de Marcos contagia a Iván. “En Primera, y el próximo año a ganar la UEFA”. Pero en la sala de espera aún no tienen noticias de Leo. Para eliminar la ansiedad, se imaginan acudiendo juntos, los tres, a una final de Copa de la UEFA, como aquella que vieron sus padres frente al Leverkusen. Es medianoche cuando de pronto, las puertas de quirófano se abren y de allí sale una persona con guantes. Como Alberto. Los dos amigos corren a encararle. “Todo ha salido bien, Leo está a salvo, no os preocupéis ya”. Ambos saltan, se abrazan, y lloran de alegría. Es otro gol de Coro. Marcos mira fijamente a los ojos de Iván, y sin dejar de sonreír exclama “Te lo dije. Quedaba partido, tenias que tener confianza”.


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